Espia fatal

Te miro cada día desde la ventana de mi habitación. Las miles de interrogantes sobre ti, aún no tienen respuesta. Aunque dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Sueño con poder tener el coraje de acercarme, hablarte y conocerte para, por fin, responder todas esas preguntas. Mas este temor me lo impide completamente.
Todos los días te veo pasar, sagradamente, a las diez de la mañana y aunque no sepa tu destino, siempre vas con esa alegría que te caracteriza.
Luego vuelves a eso de las siete de la tarde un poco cansado. Tus ojos lo reflejan. ¡AY! Tus ojos nunca los olvido y los recuerdo en mis peores momentos, para contagiarme esa alegría que tanto te caracteriza.
Conviertes mis pesadillas en sueños y mis días nublados en días soleados... ¿cómo lo haces? En eso eres increíble. Inigualable.
Finalmente, llegó lo que sospechaba, pero que, por nada del mundo quería que llegara. Durante dos semanas ya no pasabas, ni mucho menos, te veía regresar. Decidí pasear por la plaza donde te observaba leyendo. Por cosas de la vida, y el periódico, supe que habías desaparecido hace catorce días, pero te encontraron hace dos días... y muerto. Jamás sentí un vacío como aquel. Me sentía nada, como difunta en vida y tomé la mejor decisión. Fui a mi casa, tomé la cantidad necesaria para encontrarme contigo y preguntarte todo lo que nunca me habías respondido. Luego de unos minutos, te vi, contemplé y admiré. Jamás te había visto tan bello, tan resplandeciente.
Nada existía; ni el tiempo, ni el día, ni la noche. Y mejor aun... el miedo tampoco estaba. Sólo eramos tú y yo.

No hay comentarios: