Identidades opuestas

Ya era hora de regresar a casa; Julieta se dirige al metro, luego de un día muy ajetreado. Llega al andén y decide no correr, simplemente por lo agotador del día. Pasa el siguiente carro, sube y queda frente a la puerta. Éstas se cierran y es en ese momento, que nota algo extraño frente a ella. No es nada más que su reflejo. Si, su propio reflejo.
Una sensación de vulnerabilidad comenzó a apoderarse de Julieta. No podía entender como sentía tal temor de sí misma. Su reflejo era irreconocible, todo era diferente, no era ella, ya nada quedaba de lo que era. Aparentemente había cambiado, pero ella nunca supo el cómo, ni el cuándo, ni el dónde, ni mucho menos, el porqué. Estaba ahí... ¿cómo hacerla desaparecer? ¿cómo eliminar ese miedo? Ya no tenía respuestas. Y su única esperanza, que se bajase en alguna estación, nunca sucedió.
Al sentarse o cambiarse de lugar ese maldito reflejo seguía ahí. Estaba por todas partes, hasta en los más mínimos rincones. Julieta determina dos soluciones. La primera, es batallar con este maldito reflejo y la segunda, rendirse ante el temor y aprender a convivir con este maldito reflejo...

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