Una sensación de vulnerabilidad comenzó a apoderarse de Julieta. No podía entender como sentía tal temor de sí misma. Su reflejo era irreconocible, todo era diferente, no era ella, ya nada quedaba de lo que era. Aparentemente había cambiado, pero ella nunca supo el cómo, ni el cuándo, ni el dónde, ni mucho menos, el porqué. Estaba ahí... ¿cómo hacerla desaparecer? ¿cómo eliminar ese miedo? Ya no tenía respuestas. Y su única esperanza, que se bajase en alguna estación, nunca sucedió.
Al sentarse o cambiarse de lugar ese maldito reflejo seguía ahí. Estaba por todas partes, hasta en los más mínimos rincones. Julieta determina dos soluciones. La primera, es batallar con este maldito reflejo y la segunda, rendirse ante el temor y aprender a convivir con este maldito reflejo...
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