Siempre soñó con el príncipe azul.
Siempre lo buscó.
Pero cuando lo encontró, se dió cuenta que no era rubio, ni de ojos azules. Tampoco medía 1.80 m., ni mucho menos venía a caballo. Y aun así, lo quiso más que a nadie. Con esto, confirmó que la vida real no es un cuento de hadas y que, son esas imperfecciones, las que te demuestran que es realidad y no fantasía.

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