Se disponía a hacer el viaje de todos los días, pero al
bajarse del metro encontró algo que no entendió… Un montón de niños, con el
entusiasmo característico de esa edad y que él ya había olvidado con el paso
del tiempo, enganchaban sus ropas y las colgaban en la pasarela por donde él
pasaba. Mientras que bajaba las escaleras con mucho esfuerzo, seguía sin
comprender lo que hacían los niños, hasta que pensó “¿pa’ que miechica cuelgan ropa? Parece ropa tendía” Fue únicamente
ahí cuando comprendió. Así que Don Miguel, sin atisbos, decidió colgar su bastón para colaborar con
la causa. A la mañana siguiente, con un entusiasmo contagiado, llegó a Plaza
Italia; ya no llevaba un bastón en su mano, sino a la compañera de toda su vida…
Don Miguel y Doña Ana comenzaron a andar con un cartel que habían hecho en la mañana,
dónde escribieron: “Los abuelos también
apoyamos a nuestros nietos”
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